Llevamos unos pocos días de camino, aún no me creo que halla dejado todo atrás, que halla quemado todos mis recuerdos y me halla marchado sin pensar. Pero ya es demasiado tarde, mi pequeño paraiso es ahora un monton de polvo y ceniza que se disuelve en el viento. Me veo extraña al no llevar los pomposos vestidos que antes lucía. Solo pude salvar mi vestido favorito una cadena de plata y un reloj dorado de entre las cosas que se quemaron aquella noche. Llevo puesto unos pantalones ajustados de cuero negro, unas botas sencillas y resistentes de piel, también de color negro, una camisa sencilla de lino malva. Mi melena pelirroja, antes ondeada por el viento ahora está recogida en una trenza que cae para un lado. No me separo ni un momento de la daga que de entregó él, aunque me prometió que no a usaría, estoy alerta, cada cosa que veo, oigo y, en resumen percibo me asusta, maravilla o sorprende de cierta manera. No se exactamente donde estoy, ni adonde voy, pero se que estoy con él. Desconozco su nombre, pero... ¿quién necesita un nombre? ¿realmente es tan importante llamarse de un modo u otro? No necesito denominarlo de ninguna forma para saber que me ha salvado, que con él me siento protegida y, aunque nos acabamos de conocer, siento como si lo conociera de toda la vida y quizás sea así, quizás lo halla conocido una vez... en un sueño...
Viajamos los dos solos de día y de noche acampamos en cualquier sitio abierto, el toca el laud, y yo le acompaño en su melodía hasta que el sueño llega a mis ojos y echa sobre ellos su manto oscuro con estrellas de pan de oro, y cuando despierto, allí está, a mi lado velando mi sueño mientras inventa nuevas canciones para continuar nuestra aventura.
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